Desde muy chico tuve la intención de ir a conocer mi país, comenzando en el sur, desde el departamento del Amazonas, conocer su ciudad capital, la ensoñadora, caliente y húmeda Leticia. Con unos amigos decidimos hacer el recorrido poco antes de Junio del año pasado, por avión llegamos al aeropuerto “Alfredo Vásquez Cobo” de Leticia, el calor nos recibió, la sensación de la selva húmeda más grande del planeta estaba ahí, en la respiración se sentía la inmensidad del río más caudaloso del mundo. Tomamos las maletas y nos dirigimos al hotel, al amanecer del siguiente día debíamos tomar una barcaza para dirigirnos hasta el parque Nacional Natural de Amacayacú.

Muy temprano nos levantamos y nos dirigimos al muelle civil. En el horizonte sólo se veía una frágil línea verde, tan frágil como la selva misma, tan frágil como el bosque y sus animales, pero a la vez tan hermosa y grande. En el trayecto un indígena me contó sobre el río: “Esto es muy bonito –dijo- pero no lo cuidamos... mire las lanchas con árboles talados... mire el aceite de barco en las orillas del puerto.

¿Usted sabe por qué se llama Amacayacú el parque?...eran dos dioses, Amaca y Yacú, los dos crearon el agua y la tierra, pero Yacú hizo un árbol gigantesco que nadie podía derribar... allá arriba estaba un ruiseñor, de una pata agarraba el árbol y del pico estaba cogido del cielo... entonces Amaca sintió celos del árbol y quiso derribarlo, mandó a una golondrina bullanguera para que le diera ají al ruiseñor y cuando se picó soltó el árbol y el árbol cayó y de su tronco salieron las cosas del agua y de las ramas los ríos de las orillas y las hojas fueron peces y el tronco se hizo ancho y hoy lo conocemos como el río Amazonas”.

Todos hicimos un largo silencio. La barcaza giró hacia la derecha luego de tres horas de travesía, y ante nuestros ojos se abrieron las maravillas de la selva tropical húmeda, árboles de todos los tipos y tamaños, agua que dejaba ver peces y a lo lejos, las siluetas de los delfines rosados. Sí, de delfines rosados!!, era lindo el espectáculo, a lo lejos las siluetas de estos mamíferos de agua dulce se veían irreales... comentábamos lo fantástico de un encuentro con ellos, de la posibilidad de verlos y tomarles una foto, algún recuerdo y como nos decía el guía, era casi imposible que este evento se mantuviera si no tomamos las precauciones para mantener el equilibrio del ecosistema.

Luego de tres días en las cabañas de vigilancia, le queda a cualquiera esa visión refrescante de la naturaleza y de la selva tropical húmeda, de su gran variedad de vida pero al mismo tiempo de su fragilidad extrema. Llegamos nuevamente a la ciudad, empacamos las maletas y decidimos viajar por tierra hasta el interior. Tomamos las precauciones del caso, nos vacunamos y ascendimos por el río Putumayo hasta la capital, la selva es única pero si no sabes internarte en ella te puedes perder.

Luego en bus llegamos al departamento del Cauca, sus montañas y ese paisaje verde oscuro al horizonte, esa delicada línea del ande colombiano, el aire frío y con aroma de bosque andino alto... nos transportamos a la época de la colonia viendo esos pueblos con calles empedradas y aún con bestias de carga usadas en el diario trabajo del campesino, casi todos los paisajes de montaña se parecen, en Boyacá, en Santander, en Antioquia, en Cundinamarca, en el eje cafetero, a todo lo largo y ancho de nuestros andes colombianos.

Del Cauca subimos al Valle, el aroma de la caña y el paisaje verde claro nos hizo ver una tierra de ensoñación. Pasamos por el eje cafetero y cruzamos el departamento de Antioquia, conociendo a la gente, en las fincas cafeteras nos contaban de la diversificación de cultivos, de las dificultades para vender el café a buen precio, nos mostraron las bondades de las fincas autosuficientes, de la producción de gas natural a partir de la descomposición de residuos orgánicos, demostrando que si se usan estos residuos de manera acertada pueden ser alternativas de producción de recursos energéticos.

Pero esto no se puede comparar con la emoción de sentir a un país cercano, una sociedad que quiere salir adelante a pesar de las circunstancias, que bellos paisajes los que visitamos... hasta llegar al destino de nuestro viaje. Las costas de la Guajira colombiana, llegamos pronto a una ranchería wayú, los indígenas con su piel cobriza y las mantas grandes de las mujeres que usan como vestidos nos recibieron con los brazos abiertos, nos contaron que cuando no llueve, hacen un ritual de danza a los vientos del norte, para que llegue la lluvia y la sequía no sea tan severa, las costumbres de esa civilización casi desplazada, es que la protección no sólo es del ambiente también debe ser de los que viven allí, de la misma gente que en últimas es la que sufre las consecuencias del daño ambiental.

“Hace tiempo las cosas no eran así –decían- antes uno podía saber cuando iba a llover y cuando iba a hacer calor... pero ahora... ya no se sabe ni qué es lo uno ni lo otro... si es época de lluvia hace calor... si es época de calor llueve... así no se aguanta...”. La sabiduría popular sabe que está pasando algo con el clima mundial... nosotros sabemos que es la capa de ozono que se deteriora, que es el efecto invernadero el que provoca el sobrecalentamiento, que son los gases tóxicos que llegan a la atmósfera todos los días, a toda hora, cada minuto por culpa de nuestras ciudades desordenadas y caóticas.

Uno de los mammos de un pueblo kogui, nos contó esta historia: “Anakuyak lo llamábamos, comenzó a cortar los árboles y luego se fue tragando los ríos y los peces, luego empezó con las aves, luego con las casas y luego con nosotros mismos Anakuyak lo llamábamos nosotros, pero el hombre blanco lo llamó civilización...”. Al contemplar las salinas y la orilla de la playa, y las tonalidades del mar al atardecer, el pensamiento comenzó a volar, a imaginar un mundo en paz, que rescatara de verdad el ambiente, que respetara el derecho a un aire limpio, a conservar nuestras especies y los paisajes... lo pensamos y a lo mejor no seamos nosotros los que veamos los resultados, serán nuestros niños quienes lo hagan... y el hombre blanco ya no lo llamó civilización, lo llamó fraternidad.