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Luego en bus
llegamos al departamento del Cauca, sus montañas y ese paisaje verde
oscuro al horizonte, esa delicada línea del ande
colombiano, el aire frío y con aroma de bosque andino alto...
nos transportamos a la época de la colonia viendo esos pueblos
con calles empedradas y aún con bestias de carga usadas en el diario
trabajo del campesino, casi todos los paisajes de montaña se parecen,
en Boyacá, en Santander, en Antioquia, en Cundinamarca, en el eje
cafetero, a todo lo largo y ancho de nuestros andes colombianos.
Del Cauca subimos
al Valle, el aroma de la caña
y el paisaje verde claro nos hizo ver una tierra de ensoñación.
Pasamos por el eje cafetero y cruzamos el departamento de Antioquia,
conociendo a la gente, en las fincas
cafeteras nos contaban de la diversificación de cultivos,
de las dificultades para vender el café a buen precio, nos mostraron
las bondades de las fincas autosuficientes, de la producción de
gas natural a partir de la descomposición de residuos orgánicos,
demostrando que si se usan estos residuos de manera acertada pueden
ser alternativas de producción de recursos energéticos.
Pero esto no
se puede comparar con la emoción de sentir a un país cercano, una
sociedad que quiere salir adelante a pesar de las circunstancias,
que bellos paisajes los que visitamos... hasta llegar al destino
de nuestro viaje. Las costas de la
Guajira colombiana, llegamos pronto a una ranchería wayú,
los indígenas con su piel cobriza y las mantas grandes de las mujeres
que usan como vestidos nos recibieron con los brazos abiertos, nos
contaron que cuando no llueve, hacen un ritual de danza a los vientos
del norte, para que llegue la lluvia y la sequía no sea tan severa,
las costumbres de esa civilización casi desplazada, es que la protección
no sólo es del ambiente también debe ser de los que viven allí,
de la misma gente que en últimas es la que sufre las consecuencias
del daño ambiental.
“Hace tiempo
las cosas no eran así –decían- antes uno podía saber cuando iba
a llover y cuando iba a hacer calor... pero ahora... ya no se sabe
ni qué es lo uno ni lo otro... si es época de lluvia hace calor...
si es época de calor llueve... así no se aguanta...”. La sabiduría
popular sabe que está pasando algo con el clima mundial... nosotros
sabemos que es la capa de ozono que se deteriora, que es el efecto
invernadero el que provoca el sobrecalentamiento, que son los gases
tóxicos que llegan a la atmósfera todos los días, a toda hora, cada
minuto por culpa de nuestras ciudades desordenadas y caóticas.
Uno de los
mammos de un pueblo
kogui, nos contó esta historia: “Anakuyak lo llamábamos,
comenzó a cortar los árboles y luego se fue tragando los ríos y
los peces, luego empezó con las aves, luego con las casas y luego
con nosotros mismos Anakuyak lo llamábamos nosotros, pero el hombre
blanco lo llamó civilización...”. Al contemplar las salinas y la
orilla
de la playa, y las tonalidades del mar al atardecer, el
pensamiento comenzó a volar, a imaginar un mundo en paz, que rescatara
de verdad el ambiente, que respetara el derecho a un aire limpio,
a conservar nuestras especies y los paisajes... lo pensamos y a
lo mejor no seamos nosotros los que veamos los resultados, serán
nuestros niños quienes lo hagan... y el hombre blanco ya no lo llamó
civilización, lo llamó fraternidad.
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