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T O D A S   L A S   R E L G I O N E S   D E L   M U N D O . . . .  
 

""""""""""""""""""""""""""""""""""""""" C R I S T I A N I S M O """""""""""""""""""""""""""""""""""

Decio por odio a su predecesor Filipo (244-249), protector de los cristianos, desencadenó la persecución más violenta que hasta entonces había experimentado la Iglesia. Su biógrafo, Zonaro, en la "Historia Augusta", puntualiza que "bajo su reinado" (249-251) recibieron la corona del martirio Fabián, obispo de Roma, Babylas, obispo de Antioquía y Alejandro, obispo de Jerusalén. Es decir, los prelados de las sedes de mayor relieve de la cristiandad. Galieno (260-268) devolvió a los cristianos los bienes confiscados, pero Diocleciano (284-305) llevó a cabo una represión en gran escala, la más violenta y cruel de todas. Él y Maximiano, el coemperador, "pretendían borrar del mundo el nombre del Salvador y exterminaron en todas las ciudades y pueblos, tan prodigioso número de los que tuvieron valor para confesarlo, que no es posible contarlos" ( Zonaro, Hist. Augusta: Diocl.) " El año diecinueve del reinado de Diocleciano (303) hicieron publicar los dos emperadores un edicto por el que ordenaban demoler las iglesias de los cristianos, quemar sus libros y entregar a la muerte sus doctores y sacerdotes, excluir de las dignidades y del ejército a los que pertenecían a esta secta y reducir a la esclavitud a los particulares" (Zonaro, Id.) Diez años más tarde, la victoria de Constantino frente a su rival Majencio, obtenida gracias al signo de la cruz, abría a los cristianos el paso a la libertad de acción, decidida en el llamado Edicto de Milán (313). De hecho, la medida adoptada por Constantino y Licinio de común acuerdo, significaba la plena libertad de cultos en el imperio. Era el primer eslabón de una cadena que en el año 380 llevó a Teodosio a declarar, en el Edicto de Tesalónica, "la religión del apóstol Pedro", religión del imperio romano. El cristianismo pasaba de la clandestinidad al rango de religión imperial. Defensores de la Fe Cristiana: Durante este tiempo surgieron figuras destacadas en defensa de la nueva fe. En torno de la comunidad de Alejandría, en Egipto, gran centro cultural del mundo romano, se formó una escuela en la que brillaron Clemente (c. 150- 215) y su discípulo Orígenes (185- 254), dos talentos privilegiados. Orígenes escribió numerosas obras ( unas 800) y aunque incurrió en algunos errores graves, debido a su intento de "explicar" orgánicamente todas las dificultades que pudieran presentarse ante la reflexión de las creencias cristianas, en unos momentos en que el dogma no estaba todavía fijado por completo, no cabe atribuir su actitud a afán polémico o sensacionalista, sino a un íntimo deseo de aprehender toda la verdad. Este afán común a muchos espíritus cultos de la época, llevó a polémicas apasionadas. De la pasión que se vertía en los escritos polémicos de los primeros siglos de la Iglesia, podrán dar idea las siguientes palabras de Zonaro, referentes a la persecución de Decio: " En este tiempo (h. 250) también fue llevado Orígenes, como cristiano, ante el tribunal de los perseguidores de la Iglesia, pero no recibió la corona, sin duda por no considerarlo digno de ella Decio, a causa de la impiedad de sus sentimientos; y a pesar de que padeció tormentos por la causa de la fe, perdió su rango de confesor. Ya hemos dicho que habiéndole inspirado excesiva vanidad la grandeza de su saber y su elocuencia, en vez de seguir la doctrina de los antiguos Padres, quiso inventar una nueva; sacó del falso tesoro de su corazón execrables blasfemias contra los sagrados misterios de la Trinidad y de la Encarnación y sembró las semillas de casi todos los errores que han aparecido después. Enseño que el Hijo único del Eterno Padre había sido creado y que no participaba de la gloria y sustancia divinas. Hizo inferior al Espíritu Santo al Padre y al Hijo, asegurando que el Padre no pudo ser visto por el Hijo, ni el Hijo por el Espíritu Santo; de la misma manera que no puede serlo el Espíritu Santo por los ángeles ni los ángeles por los hombres. Éstas fueron las blasfemias de Orígenes contra la santa y consustancial Trinidad. Por lo que se refiere al misterio de la Encarnación, tuvo la impiedad de negar que el Salvador tomase en el seno de la Virgen cuerpo animado de alma racional: pretendiendo que el Verbo estaba unido a un alma antes de la creación del mundo y que posteriormente se encarnó con aquella alma, tomando un cuerpo desprovisto de alma inteligente y racional. Sostiene también que el Señor abandonó su cuerpo y que su reinado debe concluir. Dice además que el suplicio de los demonios es temporal y pasado éste se les restablecerá en su primitiva felicidad, imaginando que los hombres y los demonios quedarán justificados de sus pecados algún día y que entonces todos se reunirán". (Zonaro, Historia Augusta: Decio)

 

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