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O D A S L A S R E L G I O N E S
D E L M U N D O . . . . |
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C R I S T I A N I S M O """""""""""""""""""""""""""""""""""
Dos
grandes personalidades del África norte occidental fueron el
presbítero Tertuliano ( 160- 245), originario de Cartago, y
su discípulo el obispo San Cipriano ( 160- 258), de Cartago
también, decapitado en la persecución de Valeriano. Tertuliano,
iniciado en el culto de Mitra cuando joven, debió convertirse
después al cristianismo y luego pasó (213) al montanismo, herejía
predicada por el frígio Montano, enemigo de la Iglesia jerarquizada.
Tertuliano fue un rigorista extremado. San Cipriano, retórico
convertido al cristianismo en edad madura, es un asceta y un
moralista, pero es sobre todo un espíritu práctico. Dos problemas
le preocupan en especial: el de los lapsi cristianos asustadizos
que ante la persecución negaban su condición de tales y prestaban
adoración al emperador ( a quienes considera readmisibles en
el seno de la Iglesia mediante ciertas condiciones), y el de
los bautizados por los herejes (que no cree lo estén en realidad).
Una de la obras de San Cipriano, escrita en el 251, en ocasión
del cisma provocado en Roma por Novaciano al negar a la Iglesia
el derecho a readmitir a los lapsi en la comunión de los fieles,
se titula La Unidad de la Iglesia católica y en ella, advierte
que no todos los peligros derivan de la persecución: "no hay
que temer únicamente la persecución o todo aquello que con descubierta
acometida se dirige a derribar y derrotar a los siervos de Dios;
cuando el peligro está a la vista, es más fácil la cautela,
y cuando el adversario se declara, el ánimo se apresta de antemano
al combate. Hay que temer sí y guardarse más del enemigo, cuando
se presenta a escondidas, cuando engañando con cara de paz,
se arrastra con paso oculto..." (cap. I) "... ¿Y qué cosa más
astuta y sutil, que el enemigo encubierto y apostado junto a
la senda de Cristo... tramara un nuevo engaño, como el de engañar
a los incautos con el mismo título de nombre cristiano? Inventó,
pues, herejías y cismas, con los cuales destruye la fe, corrompe
la verdad, rompe la unidad. . . " "Todo esto sucede, sigue diciendo
Cipriano, por no volver al origen de la verdad, por no buscar
la cabeza..." (cap. 3) Y recuerda entonces las palabras de Jesucristo
a San Pedro cuando cimentó en él su iglesia. "Sobre uno únicamente,
insiste, edifica su iglesia..." "Quien no se cuenta en esta
unidad de la Iglesia ¡cree que tiene la fe?". " La esposa de
Cristo, la Iglesia, según imagen de San Pablo, que es incorrupta
y honrada, no puede adulterar. Ha conocido una sola casa, y
guarda, con casto pudor, la santidad de un solo lecho. Ella
nos guarda para Dios, ella anota para el reino los hijos que
engendró. Quien separándose de la Iglesia se junta a una adúltera,
este tal se separa de las promesas de la Iglesia, y no alcanzará
los premios de Cristo, quien abandonó la Iglesia de Cristo.
El tal extraño, es profano, es enemigo. Ya no puede tener por
padre a Dios, quien no tiene a la Iglesia por madre" (caps.
4 y 6).
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